El camino de Fallujah a Comala
Héctor Apolinar Dossier Politico
Dia de publicación: 2019-02-25
La tarde caía en el horizonte y el poderoso pick up Ford lobo, 4x4, doble cabina, levantaba una densa nube de polvo en el camino de terracería cercano a Tepatitlán. En el volante, Miguel Humberto Aguirre mantenía la vista fija sobre el camino polvoso.
Tenía 29 años. Emigró a Estados Unidos desde pequeño, cuando su madre, Ignacia, se fue a Los Ángeles, primero, y después a trabajar en los campos de manzana del norte de San Francisco, en California.
A los 25 años se alistó en el ejército norteamericano, y a los 27, su cuerpo, 444B de Rangers, fue enviado a combatir a la segunda batalla de la ciudad de Fallujah, en Irak, con el objetivo de derrotar la fuerte resistencia armada nacionalista que luchaba en esa ciudad desde hacía varios meses.
Le dieron una medalla por su valiente comportamiento en combate, pero se vio obligado a pasar un mes en supervisión siquiátrica en la base militar norteamericana de Weisbaden, Alemania, porque no podía dormir.
Tenía lo que los médicos denominaron como síndrome de estrés postraumático. Escuchaba sonidos de combate todo el día: bombardeos, vuelos de helicóptero, disparos de cañones, órdenes, explosiones de morteros, gritos, visiones de cadáveres y, en combate, había matado a un docena de combatientes iraquís.
Al regresar a su casa tras concluir su tratamiento, encontró a su madre enferma. Los últimos meses del año 2006, Miguel estuvo a su lado, ayudándola, mientras que él se mantenía medicado con antidepresivos y asistía mensualmente a revisión médica en el hospital de veteranos.
Uno de esos días, su madre le llamó. Le dijo que quería pedirle que le cumpliera un deseo que tenía desde hacía muchos años.
--¿Cuál, madre?, le preguntó.
--Que vayas a Tepatitlán, donde naciste, encuentres a mis hermanos y, después, diles que te lleven a Comala, donde nací yo.
--Sí, madre, lo haré con mucho gusto. ¿Eso es todo?
--Hay algo más. Quiero pedirte que busques a tu padre.
-- ¿A mi padre? ¿Cuál padre, madre? ¿Qué no murió?
--No, mijo. No te lo había querido decir, pero está vivo.
-- ¡Ah que caray, madre! ¿Porqué no me lo habías dicho?, dijo molesto.-- ¿Y se puede saber quién es?
--Pedro Páramo.
--¿Pedro Páramo?, ¿el del cuento?
--No es cuento, hijo, es tu padre.
Sintió que no estaba preparado para esa batalla.
Se quedó unos minutos pensando. Se levantó de la silla y caminó por la cocina, se sirvió un café, caminó más y, después volvió a tomar asiento en la mesa.
Dijo: Madre, discúlpame, te lo ruego, pero no voy a ir. Quiero que me comprendas: Doy gracias que regresé vivo de Irak. Además, Nosotros ya hicimos nuestra vida aquí, en California. Por lo menos yo no conozco otra. La verdad, madre, no me importa si soy hijo de Pedro Páramo, de Juan Charrasqueado o de Juan Camaney, para mí no son nada. Crecí sin padre, y lo acepté hace años.
Soy de aquí, madre. Soy hijo del tío Sam. México es algo lejano para mí. Ustedes, tú y mis tías viven pensando en Comala, en Tepatitlán, pero yo no, madre. No conozco ese México del que tú y mis tías me hablan. Tal vez ya ni exista, madre. Ustedes no han regresado en muchos años, porque no tienen visa ni residencia legal. Lo más seguro es que ese México ya no exista.
--No digas eso, hijo. Me han dicho que sí existe.
Héctor Apolinar, reside en Hermosillo, Sonora. Ejerce el periodismo para varios medios. Fue activista político, funcionario público, directivo universitario y empresario.

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